16 de mayo de 2012

12 de Noviembre





En algún momento voy a escribir acerca del día previo a este recuerdo. Hoy no; más adelante. Sólo recuerden que aquí falta una parte que merece ser contada.

Lunes 12 de Noviembre de 2007, apenas pasadas las 0:00 hs. Acostados en nuestra cama, Cintia me avisa que está teniendo contracciones. Trato de recordar todo lo que nos enseñaron en el curso de pre-parto y de serenarme y tranquilizarla. Tomo nota de la frecuencia de las mismas: en principio son cada quince o doce minutos, luego diez. Después cada siete minutos y cuando empiezan a suceder en lapsos de cinco minutos le propongo que se vaya vistiendo, que tenemos que ir a la clínica.

Llamamos un remís; ya eran pasadas las 03:00 de la madrugada. Recuerdo que las luces anaranjadas de la avenida principal - que nunca me gustaron - iluminaban por segundos el prominente vientre de mi esposa. A cada rato le preguntaba cómo se sentía. (No es fácil ese momento para una mujer; tampoco para un hombre. No es mucho lo que se puede hacer por aliviar los dolores del parto. Yo tenía mucho miedo. Muchísimo.)

Llegamos a la clínica, a Urgencias. La ginecóloga no estaba muy convencida de internarnos, pero Nacho nos ayudó: generó una gran contracción justo cuando la médica tenía su mano en el abdomen de mi mujer. El reloj iba a dar las 04:00hs y me mandaron a iniciar los trámites de internación.

Las horas fueron pasando lentamente, a la espera de alcanzar la bendita dilatación óptima. Cerca de las 08:00 nos avisaron que para ayudar al trabajo de parto era menester romper bolsa. Hasta aquí, Cintia soportaba estoicamente cada uno de los dolores, con suma tranquilidad, como si conociera desde siempre cómo actuar en esta situación. ¿Yo? Ya no sabía de qué manera ocultar mis nervios.

Una partera fue la cruel villana que realizó el trabajo sucio de romper bolsa. Contuve mis ganas de echar a patadas a esa mujer que hacía sufrir a mi esposa. Desde ese momento los dolores se volvieron más fuertes; la agotaban. Después de cada contracción, quedaba al borde del desmayo.

A las doce y pico la vinieron a buscar para llevarla a quirófano. La acompañé hasta donde me permitieron y después me quedé solo en un pasillo. Detrás de la puerta se iba mi esposa con mi hijo a punto de nacer y yo de este lado, solo, sin ellos... Sin poder hacer nada.

La tristeza me invadió. Nunca había estado en un parto. Las películas muestran que en ese corredor te encontrás con tu familia, que te viene a apoyar en la eterna espera; yo estaba solo. Mis padres desaparecidos, mi abuela fallecida. Estaba solo.

Busque en mi bolsillo el teléfono celular y le escribí a mi amigo, "El Colo". Tenía mucho miedo, temía alguna complicación. Estaba cansado de esperar a mi hijo, deseaba que naciera lo más rápido posible. ¿Y después? ¿Cómo haría para ser un buen padre? ¿Quién sería mi referencia? Aún hoy me
carcome la duda y la necesidad de saber si mi padre, José Manuel, llegó a conocerme. Lo único que tuve fue a un terrible hijo de puta que me robó siendo un bebé de días.

El Colo me llamó. Me habló con la particular calma con la que te habla alguien cuando le pone el corazón a cada palabra. Me fue tranquilizando y me dijo:

- No te preocupes más. Nacho te va a enseñar a ser su papá y vas a ser un buen padre. Lo sé, porque tenés miedo de equivocarte. Tranquilo, que tu esposa te necesita. Yo estoy yendo para allá. No estás solo.

En ese momento deseé que El Colo fuera mi papá. No por despreciar al mío, sino porque deseaba que mi verdadero padre me hablara así. Tal vez él, José Manuel, me hubiera dado mejores palabras. Tal vez hubiera limpiado mis lágrimas. Lo cierto es que en ese momento no lo tuve, porque no se lo permitieron. Alguien lo había decidido así veintiocho años atrás.

Me limpié la cara con la ropa y me obligué a calmarme.

Se abre la puerta y me llama una enfermera. Entro a una pequeña sala. Ella indica que me vista con ropa de quirófano. El Maldito Bastardo es grandote como un oso y tiene sobrepeso. Difícil tarea, la de vestirse con una ropa que es tres talles más chica cuando detrás de unas paredes se encuentra tu mujer a punto de dar a luz a tu hijo. El mayor problema era el pantalón; desistí (menos mal que no me había desnudado; sino hubiera entrado a quirófano con el culo al aire). Caminando como un pingüino imperial me acerque a Cin. Se la veía agotada. El bebé ya había coronado, el momento estaba próximo.

Ayudé en todo lo que me pidieron. Ella tomó fuerte mi mano. Pujó una vez, dos veces. A la tercera nació Ignacio. 13:27hs. El médico lo puso en el pecho de su mamá. Lloré de emoción, de alivio. Lloré de felicidad. Lloré como un niño.

-Es tu hijo, me dijo el médico.

Sólo pude tocarle su minúscula nariz con la yema de mi dedo índice derecho. No me animé a más. ¡Se veía tan frágil! ¡Tan indefenso!

Lo tuve en mis brazos por primera vez al día siguiente. No me pregunten por qué, aún hoy no lo sé.
Su pequeña mano tomando mi dedo meñique, con los ojitos cerrados. Eso recuerdo de la vez que alcé a mi hijo y hoy, a casi cinco años de aquel momento, todavía me emociono al punto de las lágrimas cuando se me viene a la memoria ese instante.






3 comentarios:

  1. Hermosooooooooooooooo!!!!
    No hay nada más lindo que la primera vez que un hijo/a te aprieta el dedo con su manito. NADA.
    Y qué grande el Colo. Quedan pocos así.
    Besos y abrazos!

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  2. 12 de noviembre!!!! un gran día!!!
    Ver al pequeño entre tus brazos fue un momento cargado de emociones y sentimientos. En ese instante imagine tantas cosas, y pensaba; que estará pensando el caballero Guillermo?? nunca te pregunte, pero en tu relato respondiste a mi pregunta.
    Es bueno saber que estas rodeado de pequeñas personas que te engrandecen el alma...
    Hermoso pequeño, como todo varón terrible terremoto!!!
    En cuanto a ser padre, no se nace, se hace... se construye en el día a día, tus propios hijos guían esa tremenda responsabilidad.
    Que gran padre y que gran madre, tienen estos pequeños.

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  3. Hola Guille, te leo desde hace tiempo, recién hoy comento.
    Hermoso relato, hermosa familia, bella manera de exponer lo que sentís.
    Y un gran abrazo de alguien que pese a vivencias totalmente distintas, siente parecido.
    Cecilia

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