2 de mayo de 2012

Él

A veces tengo la sensación de que en cualquier lugar, en cualquier momento, lo voy a ver apareciendo de la nada. Avejentado, con ese pelo corto ahora todo canoso, arrugado, pero con la misma cara de turro de siempre.

Hubo una época en que ese tipo era mi papá; después pasó a ser sólo una visita forzada una vez al mes, para finalmente convertirse lenta y paulatinamente en mi apropiador. Desde el 23 de Diciembre del 2003, no lo vi nunca más. Era vísperas de Navidad y lo fui a visitar a donde estaba detenido en Palermo. Sus propios compañeros de armas eran quienes se encargaban de custodiarlo en una pieza; se podría decir que era una celda VIP.

Ese día, como tantos otros, había comido asado. También disfrutaba del privilegio de tomar vino, y cuando llegué ya estaba borracho. Me habló de mala manera y comenzó a reclamarme que por mi culpa nunca había podido volver con su esposa. Le recordé que ella lo abandonó porque él le era infiel y le pegaba de manera animal, hasta el punto de casi matarla; no quiso oírme. Le pregunté para qué hubiera vuelto con ella, si al fin y al cabo lo único que le había dado eran maltratos e infelicidad. Se enojó aun más. Me dijo, sin empacho, que era culpa mía que él estuviera preso, y en ese instante no aguante más:

- ¿Mi culpa, que estés preso? ¿Yo te mandé a que te robes un bebé? ¿Yo te pedí que me criaras? ¿Yo te insinué en algún momento que prefería vivir la mentira que me fabricaste?

Me miró fijamente pero desorientado, y sin ningún problema me dijo:

-Para el día que salga de acá, tengo guardadas unas balas para tus abuelas, para tu hermana y para vos.

No soy un tipo violento, pero de la rabia me dieron ganas de golpearlo hasta que se fuera en sangre.

-¿Querés matarme, hijo de puta? ¿Después que llevo tres años sosteniéndote la vela cuando me cagaste la vida? ¡Dale, basura, date el gusto!

Me abalancé sobre él para destrozarlo. Aparecieron dos o tres guardias que me tomaron por los brazos y las piernas, pero ni eso era suficiente para controlarme. Me sacaron como pudieron de la habitación y desde afuera le grité con todas mis fuerzas un sinfín de insultos que llevaba siglos queriéndole gritar. Ni una sola lágrima, derramé.

Desde ese momento no volví a verlo jamás.

A veces tengo la sensación de que en cualquier lugar, en cualquier momento, lo voy a ver apareciendo de la nada. Sé que queda pendiente un último encuentro, en el que le preguntaré qué fue de mis padres y dónde están sus restos.

Me lo debe.

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