27 de julio de 2012

Cecilia

Hoy me encontré pensando en parte de esa familia que no debió ser y que fue. Me refiero a quienes creí mi familia durante más de veinte años. Creo que desde que falleció Godofredo (era su verdadero nombre, no está "ficcionado", como cuando cierta escritora me pone "Gustavo"), algo en la relación con ellos se rompió definitivamente.

Tengo ganas de extrañar a quien consideré mi prima durante tanto tiempo; quien hizo las veces de hermanita menor. Me jode no necesitarla. Me molesta terriblemente sentirla tan lejana.

Considero que estas cosas son efectos colaterales que dejó la dictadura en mí. En realidad, yo no tendría que estar sintiendo bronca por no extrañar a alguien a quien quise mucho; yo no debería siquiera haberla conocido. Yo tendría que tener mis recuerdos inundados con las risas de mis verdaderos primos, sus llantos y un montón de travesuras y juegos. Sin embargo, mi infancia la tiene presente a ella.

Ceci ya es una tipa grande. Formó familia y yo estoy ausente de su vida. Ella de la mía.

Es una cagada.

24 de julio de 2012

La baba

El día que falleció mi abuela Argentina sentí, además de tristeza, bronca. Ese enojo era contra mucha gente; también estaba enojado conmigo mismo. Creo, aun hoy, que no tuvimos tiempo de disfrutarnos como nos merecíamos. Durante veintiún años, por decisión de quienes me robaron y tiempo después, por mi elección de no ver a nadie de mi familia, cuando detuvieron a mi apropiadora.

No recuerdo si fue ese mismo día - el del velatorio, o luego - que me prometí hacer el intento de conocer en profundidad a mi otra abuela, Rosa, para que no me volviera a pasar lo mismo.
Rosa. Rosita. Site. Baba. Yo le digo "baba", como le decía Maricel cuando era chiquita, aunque creo que "abuela", en yiddish, se dice "bobe".

Entre nosotros las cosas siempre costaron más. Ella tiene un carácter especial y fuerte. Dicen los que nos conocen que somos igual de jodidos. Yo creo que desborda una ternura infinita, cuando quiere; lo sé porque he sido testigo de ello. Cuando ve a mis hijos, sus bisnietos, es una persona diferente. Completamente opuesta a lo habitual.

Cuando la pienso no puedo evitar analizar su carácter. Me parece que es una mujer que tuvo que usar una coraza para soportar todo lo vivido. No hay que olvidar que enviudó bastante joven y con una hija adolescente, que tiempo después fue secuestrada y desaparecida, junto a su yerno y un nieto que estaba por nacer. ¿Qué le quedaba a esa mujer? Juntó fuerzas de quién sabe dónde para emprender nuestra búsqueda; búsqueda que no tuvo resultados sino hasta veintiún años después. Encima, el nieto que finalmente encuentra, banca a la persona que lo crió, que viene a usurpar ni más ni menos que el lugar de su propia hija.

Ser una abuela de la Plaza de Mayo no era sencillo durante los 80's o los 90's. Ahora es diferente.

Ayer nos juntamos a comer. Fui con mi esposa y mis hijos. Los malcrió un ratito y charlamos como pocas veces lo hemos hecho. Hablamos de casi todo. Entre los muchos temas, surgió el de la pelea con Maricel. Mi baba siempre intentó, al menos conmigo, ser neutral; no sé si con ella intenta jugar el mismo rol. ¿Cómo desembocamos ahí? Hablando sobre la familia y el karma que nos persigue.

Intentó justificar algunas actitudes de Maricel, como la publicación de su libro, mediante una simple sentencia:
-Ella es una víctima.

Y sí, no lo niego. Ella es una víctima; lo es también mi baba. Lo son mis padres. Lo soy yo y hasta lo son mis hijos. Todos somos víctimas. ¿Qué hacer con eso? ¿Quién es más víctima que el resto? ¿Quién tiene la potestad del dolor y por ende la impunidad para con el resto?

Entre nosotros somos pares, no hay alguien con más o menos dolor. Eso no puede ser el punto de partida ni el de llegada. ¡No puede ser una justificación!

En el fondo la entiendo, a mi baba. Es difícil ser neutral y también es complicado tomar partido. Seguro, y es absolutamente comprensible, pesan más los años vividos con Maricel que los que se la pasó buscándome e incluso que los últimos doce, desde que nos conocemos. No la juzgo, intento entenderla y quererla así como es. Ella dice que no puede ni quiere cambiar, a esta altura, a días de cumplir sus noventa y tres años, y está bien. Mientras tanto, yo trato de disfrutarla y conocerla cada vez más: es la única abuela que me queda, no es fácil.