7 de octubre de 2014

36 a la cabeza

Título timbero para la tómbola de sensaciones que le pueden tocar en suerte (?) a este huérfano. 

Treinta y seis años desde la última noche que vivimos como familia en libertad. Mismo lapso de años desde el primer día de mi mamá sin su hija, para una serie de consecutivas sesiones de tortura sobre el cuerpo todo golpeado de mi papá y, para mi, como secuestrado intra uterino.

El intento de exorcisar la fecha con un mural-homenaje a mi vieja en Boedo no alcanzó. Oir la voz de mi abuela licuada por las lagrimas y la tristeza fue el punto de no retorno a la angustia.

La comunión de militantes de varias agrupaciones y la presencia de otros nietxs y hermanxs debería haber sido vigorizante. Los aplausos luego que mi baba volviera a designar a mis padres como héroes, el grito por los 30.000 presentes, el aluvión de abrazos y el brindis con amigxs al final del acto tendría que haber suplido toda la ausencia que se me vino encima de repente. Es que de lo único que no se puede escapar es de la propia cabeza.  

La carencia de mis padres es tan fuerte que ni siquiera el pataleo caprichoso de niña malcriada que hizo mi hermana por la redes sociales me generó enojo. En realidad me dio pena y ternura. Hay tanta impunidad bochornosa rodeando la desaparición de mis padres que el único culpable que Maricel encontró para su ausencia fue el recordatorio que escribí sobre ellos en Página/12. En alguien tenía que descargar la bronca y quien mejor que el muchachón de su hermano para apuntarle todos los cañones? 

Lo cierto es que a pesar del mural, de no haber estado solo, de estar rodeado de tanto afecto por la familia y por todos los amigos y compañeros que supieron acercarse, la fecha no deja de ser funesta. 

Pero peor es asumir, irremediablemente, que la fecha siempre va a ser así. Y que tal vez, con los años, se acentúe el desconsuelo. 

Tal vez no sea malo sufrirlo. Es una manifestación más del amor que aprendí a tenerles a mis padres y una lógica consecuencia de su falta. 

Pero duele como si me desollaran el alma en cámara lenta. 

10 de agosto de 2014

Héroe

Mi papá es una suma de recuerdos que no tengo, que no viví yo. Son las fotos que mi hermana, infantilmente, aún mezquina como nena caprichosa que no quiere aceptar que dejó de ser hija única.
José, es una construcción colectiva. Es como los rompecabezas, que tanto me gusta armar, de miles y miles de piezas que faltan y que jamas voy a poder terminar.
Mi papá es también su ausencia. Es necesidad. Es dolor que desgarra. Es joven -un pibe- desde ayer y para siempre.
Mi viejo es también abuelo y para mis hijos es ese abuelo que no pueden disfrutar y que pone triste a su papá al punto del llanto. El abuelo José es esa foto en blanco y negro en un mueble y al que, sin entender aún del todo lo que significa la muerte, tienen esperanza de poder ver en el cielo -como en las películas-.
Hoy sería su cumpleaños y no, no lo es. Porque no lo dejaron ser. 
Intentaron borrar cualquier signo que revelara su existencia, su paso por este mundo. Y no, no pudieron. Matarlo cobardemente no pudo con los ideales por los que luchaba. Está presente en mi ahora, que lo estoy extrañando de una manera insoportable, mientras escribo estas palabras y la pena se me atora toda junta en la garganta.
Se que está orgulloso de mi y de mi hermana porque pudimos seguir adelante y formar nuestras respectivas familias y yo también estoy orgulloso porque no solo entregó su vida por sus convicciones sino porque no se traicionó ni traicionó a nadie.
De un tiempo a esta parte mi viejo se volvió mi héroe y por eso mismo no quería dejar de recordarlo como se merece y rendirle un justo homenaje, hoy sintiéndolo no solo como héroe y padre... sino también como compañero. 
Feliz cumpleaños, papá. Donde sea que estés. 


21 de abril de 2014

Un tango

Volví. En algún momento tenía que volver. Como el delincuente vuelve a la escena del crimen, el maldito bastardo vuelve a escribir. 

No han sido meses fáciles. Por mi cabeza andan sin parar vendavales y tormentas que no terminan de juntarse para desencadenar el diluvio que irremediablemente se avecina. Hecho mano a una metáfora para hacer más romántica mi realidad: estoy demasiado triste, tanto que ni ganas de escribir tengo. 

No han sido pocos los que me recetaron que libere angustias a través de la escritura, pero es más difícil ahora que antes. Si tan solo pudiera concentrar en una sola lágrima toda la amargura contenida, sería mas sencillo. Tengo miedo de llorar pero más miedo tengo de no poder parar de hacerlo. Sé que siempre que llovió paró y que los días no son lo suficientemente largos para desahogarme más de veinticuatro horas seguidas. Pero eso no termina de convencerme.

El problema no sería "disfrutar" de un episodio así, sino los antecedentes. Puedo contar tres ocasiones en estos catorce años: 
a) cuando entendí que mi apropiadora iba a quedar detenida, en el 2001;
b) el 15/11/04, cuando me estigmatizaba repitiéndome una y otra vez que con mi nacimiento firmaba la sentencia de muerte de mi mamá;
c) cuando, en septiembre del 2005, muere mi abuela paterna. 

Llorar de esa manera me aterra. Significa que estoy -o me siento- absoluta y completamente vulnerable, como en aquellos años. No puedo volver allá. No otra vez. No ahora. 

Ya no soy un pendejo. Peino canas, tengo hijos. Estoy grande y soy responsable de la familia que supe construir con mi esposa. Por que ahora? Por que de nuevo?

El almanaque no ayuda. Las "actividades" pre y post 24 de marzo fueron erosionando ese escudo que tan bien me había construido para no sentir nada. Y este año sentí mucho. 

Volví a la R.I.B.A. (el lector frecuente sabrá que significan las siglas, el resto deberá googlearlo anteponiéndole CCD) y esa vuelta me aplastó. Fue tan fuerte la experiencia que puedo resumirla con el título de un futuro post: "la palta y la colchoneta" dos palabras que a cualquier mortal le costaría conjugar en una sola oración, pero yo no soy cualquier mortal. Soy el maldito bastardo y ustedes deberían estar acostumbrados ya a mi historia y a que en ella nada es, lamentablemente, común. 

La fricción con mi abuela ha alcanzado una meseta. Desde el momento en que me enteré por alguien extraño que Maricel iba a ser mamá, pasando por la peculiar forma de ver el cumpleaños de su nieto y el trabajo de hormiga que tuve que hacer para enterarme del nacimiento de mi sobrino, hasta hoy... nada ha cambiado. Ella alega que se encuentra indefectiblemente en el medio de la guerra entre sus dos nietos, pero, -según mi modo de ver las cosas- desde su pasividad o sus gestos es mucho mas que alguien neutral. En una guerra hay dos actores que se enfrentan. Yo no me enfrento a nadie.

Y se acerca el día cero y su remembranza me lleva al 2000 de los pelos. A la rastra. Miro aquel Guillermo y es tan distinto al de hoy, que lo desconozco. Ni siquiera ubico el momento exacto en que estuve a mitad de camino entre quien era y quien soy. Hay un sinfín de cosas que hubiera resuelto de manera diferente, si allá,  hubiera tenido las herramientas que tengo acá.

Hay días que se soporta muy bien ser bastardo. Tengo muchas personas que me van a sostener cuando una efemérides intente vapulearme. Será cuestión nada mas de dejarme ayudar. Hoy no estoy tan indefenso.